Como signo de pertenencia a una determinada élite social e intelectual, la corbata seguía siendo un accesorio de género destinado a los hombres, tal y como afirmaba el diccionario de la Academia Francesa. Sin embargo, a partir del siglo XIX se convirtió en una prerrogativa de algunas mujeres de letras y activistas, que se apropiaron de ella para desafiar las convenciones de la época. Al llevar corbata se adjudicaban una identidad tan solemne como la de los hombres, y también buscaban distinguirse en la sociedad. Irónicamente, estas mujeres abandonaron la esfera femenina y se liberaron a través de la vestimenta, aunque esta fuera considerada frívola por los hombres.
Atada al cuello o a la cintura, en las trabillas del cinturón o en el pelo, la corbata es más que nunca una declaración de intenciones.